
Abro bien los ventanales de la galería y un intenso aroma a maresía invade la estancia. Las gaviotas revolotean como locas con sus graznidos imparables. Dan vueltas alrededor de las nubes grises como si aguardaran al café caliente que está a punto de ebullición. El ruido solo cesa ante el estruendo de la bocina del barco de las 8 que ya abandona el Puerto.


Por la calle, pasos apresurados. Alguien acelera y sus zapatos de tacón resuenan sobre los adoquines de la plaza, húmedos por el rocío de la madrugada. Hoy no llega al primer barco de la jornada.

Las mujeres recogen las almejas antes de que suba la marea. Los pescadores limpian las cajas del marisco y se lavan las manos trabajadas y agrietadas en agua salada. Sobre ellos, los albatros chillan y se acercan por si pueden arrapañar algo para sus polluelos. Debe ser época de cría.
Un gato se despereza en la ventana de enfrente. Estira el rabo y una pata de forma asimétrica dando la bienvenida al día, mientras abre la boca y enseña su lengua rasposa. En la habitación de al lado, el cuco, se despierta poco a poco, mientras se desenrrolla de las sábanas tras una noche calurosa. El reloj de la torre de la vieja iglesia que está al lado del concello marca las 8 y media. Suenan las campanas de bronce desgastado y las gaviotas siguen graznando. Hoy tampoco van a tomar café.

“….viajar como inspiración…”
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